EL GAAANCHO
Competitividad, exclusión y burocracia en el sistema de convocatorias actual
Manuela Pedrón Nicolau
Este texto lo escribo mientras leo La joven artista de Valérie Mréjen [Periferia, Cáceres, 2024]. Estuve todo el verano buscándolo por el sur de Francia. Tenía ganas de volver a leer algo de ella pero la última vez que revisé no habían traducido nada nuevo. Es en otoño cuando lo encuentro en una librería de Lyon. Lo empiezo mientras tomo un vino con Elena y al recomendarle algunas de las novelas anteriores de Mréjen me doy cuenta de que el mes pasado lo editaron en español. Me hace ilusión sacarle algún partido al Erasmus parisino tantos años después, pero tengo que leerlo rápido para este artículo. Cuando vuelva a Madrid lo compraré de nuevo, releeré los primeros capítulos para contrastar que mi traducción personal no haya incluido demasiada fantasía al relato y me dedicaré a escribir mientras leo. El libro, como todos, llega justo en el momento adecuado. Se me echa el tiempo encima y no encuentro la forma de este texto. El libro me ofrece un camino y me confirma que la escritura tiene que ir en diálogo con una lectura, una que la empuje, que sirva de motor. Leo, paro y escribo. Cuando me vuelvo a atascar, retomo la lectura hasta que alguna imagen, alguna sensación, una idea me devuelve de nuevo a la escritura.
Recuerdo las frases directas y puntiagudas de Mréjen que me engancharon al retrato de un ligue terrible y una familia caótica en sus novelas cortas. Empiezo a leer La joven artista esperando esa clarividencia y puntería certera para pensar el sistema del arte y, toma ya, lo primero: un proceso de selección. La joven artista arranca con la visita de la protagonista a la facultad de Bellas Artes para la prueba de acceso. Yo no estudié Bellas Artes así que no tengo ni idea de este proceso en particular pero, lo que Mréjen describe en un ambiente académico noventero francés me suena demasiado. No sé tanto de pruebas de acceso, pero sí del sistema de convocatorias que lleva fosilizándose algunas décadas en el panorama artístico para generar dinámicas institucionales ultranormativas, alejadísimas de las formas de vida y de eso quiero escribir: de cómo el sistema de convocatorias establece lógicas competitivas en el panorama artístico y excluye las formas de hacer y ser que no encajan en el modelo moderno-colonial, capacitista, racista, clasista y machista. Las convocatorias copan en la actualidad el sistema del arte y lo impregnan de unas dinámicas muy concretas. Hay convocatorias que ofrecen financiación para producir proyectos, para movilidad, para estancias de investigación, para programas de mediación, para formación y prácticas, para participar en exposiciones o comisariarlas. Prácticamente a todo el trabajo cultural se puede acceder en algún punto a través de convocatorias. Las convocatorias son muy variadas pero, al menos para mi, todas generan algo muy similar a lo que describe Valerie Mréjen. Nervios, angustia, sentir que no vales y que tienes que ser otra cosa. No sabes ni lo que eres pero seguramente eso ahora no es suficiente. Fijo que no es lo que están buscando. Hay que parecerse a eso que deben estar buscando, a eso que hacen ver que no saben para mostrar apertura institucional pero claro que lo saben, amiga, saben lo que cabe en sus espacios y lo que no y quien no lo sabe es porque no lo quiere ver. En una conversación que tuve con Christian Fernández Mirón sobre este tema, él conectaba ese momento, esa sensación con el gancho de Toy Story: un montón de muñequitos marcianos de tres ojos esperan apiñados dentro de una cabina a ser elegidos por un gancho de movimientos mecánicos. No ven nada de lo que ocurre fuera, solo miran al gancho. “El gancho es nuestro amo. El gancho es quien elige quién se va y quién se queda”. Es su obsesión, están pendientes todo el rato de cuándo se activará, véase de cuándo se convocan las becas o cuándo se publica la resolución. “El gancho, se mueve”, da unas vueltas, se acerca a unos y a otros hasta que finalmente agarra un marcianito. “¡Me ha elegido! Adiós amigos míos, voy a un lugar mejor”. Esta conversación tuvo lugar en el marco de un proyecto de Christian llamado Menos competir, más compartir –siempre le digo que es buenísimo nombrando así que a él le tomo prestado el título de este artículo y le agradezco sacar adelante proyectos autogestionados sin parar, ya tengan más o menos recorrido, porque ahí claramente no está el valor. Desde esa metáfora, con Christian hablamos de la frustración y desmotivación que genera el sistema de convocatorias, pero también nos sirvió para pensar la falta de comunicación que se establece ahí. Los marcianitos están apilados en la cabina frente a una luz cegadora que les impide ver el mecanismo que articula el gancho y qué hay más allá de ese espacio. En las convocatorias ocurre igual, no hay una comunicación profunda, no son transparentes y no cuentan con una apertura real. Pensaba ahora que esa luz cegadora son las bases de la convocatoria que actúan de forma bidireccional: quienes están a un lado y al otro no se entienden, solo se intuyen filtrados por la luz de un texto normativizador que impide un diálogo real, perpetuando formas de hacer que ya nadie recuerda –o quiere recordar– a qué intereses responden.
En esa conversación, a la que se sumó Inma Maryn, del gancho pasamos a equiparar las lógicas de la convocatoria con el amor romántico. Y es que hay algo en esa fantasía de ser o no la elegida que tiene mucho que ver. Hablábamos de las dinámicas de seducción que se establecen ahí y de cómo opera el ghosting institucional. Pensaba ahora que conocí los libros de Valerie Mréjen en Marcablanca. Blanca Soto me recomendó El agrio, para mí un análisis clarividente de la heteronorma en su naturalización de los roles, las relaciones de poder y la romantización que habilita todo eso. Esperaba de La joven artista ese análisis, pero del sistema del arte, que mostrara el maltrato sutil de sus estructuras. No ha habido suerte, alguna cosita hay pero no llega. Aun así intuyo que esta comparación tiene sentido, que lo romántico opera a lo bestia en el sistema de convocatorias invisibilizando y manipulando el deseo. Y ahí vuelve la verborrea mental de hace un ratito donde intentaba emular esos momentos en los que estás escribiendo un dosier, ese sentir que no eres lo que hay que ser y de ahí se pasa a desear ser lo que esperan, pero es que no está claro qué esperan, parece una cosa, pero todas sabemos que es otra. Aunque lo que sí está claro es que saben lo que buscan, pero es más fácil no hacerse cargo. Y es que no está mal saber lo que se busca. Y aun está mejor explicitarlo. Evita falsas expectativas y mucha frustración. Y en el ámbito de los procesos de selección un montón de trabajo no remunerado. Repito: hacerse cargo. Saber lo que se busca no es necesariamente excluyente, disfrazar de diversidad un proceso de selección cargado de sesgos sí lo es. Las instituciones tienen que hacerse cargo de su deseo. No sé si es la única pero seguro sí una forma de asumir los privilegios y responsabilidades y actuar en consecuencia a las relaciones de poder que ejercen.
En las clínicas de proyectos del programa MARUJA que llevé en la Sala de Arte Joven dedicamos algunas sesiones a pensar el sistema de convocatorias, poner en común experiencias y compartir trucos para lidiar con ello. Allí empezaba siempre aclarando que las convocatorias han sido el contexto que me ha permitido desarrollar una carrera profesional. Nadie de mi familia tiene contacto con el mundo del arte, nadie de mi entorno me pudo guiar –sí tuve siempre mucho apoyo y admiración y otras aportaciones fundamentales que me han permitido estar donde estoy, como hacerme solita la contabilidad y no tenerle miedo a Hacienda, gracias mamá, no me quejo por mí, tengo muchos privilegios. Tampoco quise nunca trabajar de gratis para una galería. Al acercarme un poco al modelo anglosajón de voluntariado entendí que ese rechazo intuitivo respondía a un contexto que impone el trabajo no remunerado como vía de profesionalización para sacarse de en medio a todo aquel que no pueda permitirse trabajar sin cobrar. El resultado de este modelo: plantillas de gente educada en colegios prestigiosos, con apellidos de linaje intelectual y/o algún medio de subsistencia extra, básicamente gente sostenida por un capital cultural, social y/o económico, todo ello perfectamente invisibilizado por la falacia de la meritocracia. Atado y bien atado. En un momento de La joven artista, la protagonista se avergüenza de que su padre trabaje en el sector inmobiliario y le haya comprado un estudio en un barrio pijo cuando gran parte de sus compañeros de facultad andan buscando habitación o están a punto de que les echen del piso. Habla de cómo “debe abandonar ese viejo mundo a la entrada [de la facultad], ese mundo que la abochorna un poco” ¡Vaya, pobrecita! Creo que esta es la parte en la que me perdió Mréjen. Ya quisieran muchas haberse avergonzado por vivir en un estudio de una zona acomodada y no de su herencia cultural campesina o de barrio, habiendo tenido que ocultarla durante años. Eso que cuenta la novela no pasa. Es un cliché inoculado por los relatos burgueses que pretende victimizar a las clases altas. Como si los privilegios te restasen en el sistema del arte actual. Venga ya. Lo que sí puede pasar en la vida real es que este personaje gane una convocatoria con un proyecto sobre la PAH. Como dice Joaquín Jesús Sánchez, yo también “vengo perfeccionando una cólera flamígera contra los niños de colegio de pago que me explican las penurias de la vida contemporánea” [“El odio de clase es para el verano”, Infolible, 7/9/2024]. Poca vergüenza. Y es que no digo que no se oculte la clase. Claro que sí se oculta. Es deporte nacional. En el contexto del arte se esconde la clase, por todos lados, pero es una cuestión de códigos, los que vienen de arriba se reconocen entre ellos y, por supuesto, reconocen a todos los que no vienen de ahí. Para qué se va a obviar si un porcentaje muy alto pertenece a ese grupo. La imagen de un contexto artístico formado por chavales de origen popular que han encontrado ahí la posibilidad de ascenso social es mentira. Y una forma de mantener esa falacia es el sistema de convocatorias que ofrece una imagen de apertura y democratización de las instituciones que está muy lejos de ser para todas. Los sesgos del sistema de convocatorias son los que dejan todo atado y bien atado. Y la cuestión es que no se trata de un hecho aislado, sino de un ejemplo más de las estructuras que irradian lógicas competitivas y excluyentes que definen las condiciones laborales y las prácticas artísticas mismas. Estas dinámicas por supuesto aparecen en más ámbitos del sector cultural, no solo en las pruebas de acceso o las convocatorias. Con Sara Buraya, el faro que guía mis pasos para entender las institucionalidades, hablamos mucho de esto y ella me muestra cómo las oposiciones operan de manera similar delimitando los perfiles de las personas que tienen acceso al trabajo público. Tengo unas notas apuntadas en el móvil, imagino que entre caña y caña de las de arreglar el mundo, que sentencian: proyecto universalizador con un perfil de gente único. Y es que no puede ser.
Situándonos en el otro lado de la luz cegadora, está claro que las estructuras institucionales no lo son todo. Lo importante es también qué hacemos con ellas, cómo nos comportamos dentro de esos márgenes. Respeto el trabajo de las personas que están en ese otro lado. Sé que no es fácil lidiar con la burocracia y con las estructuras férreas de lo institucional. Pero valoro mucho más el trabajo de las personas que se posicionan y lidian con las violencias institucionales en lugar de invisibilizarlas, las que operan de forma crítica en estos contextos y las que trabajan imaginando alternativas. En muchos de los jurados en los que he participado he tenido suerte con las compañeras y han sido espacios de diálogo profundo sobre prácticas artísticas, metodologías e implicaciones institucionales, pero también he sido testigo de cómo en las resoluciones emergen intereses ocultos y de conversaciones en las que se aprecia muy poca empatía, comentarios desafortunados sin parar e incluso faltas de respeto hacia quienes han dedicado un buen rato a preparar una propuesta para ese lugar. Todo ello se explica por la posición de las solicitudes en estos procesos. Cada dosier es un montón de texto, cada solicitante se convierte en un número. Los miembros del jurado deben leer una cantidad ingente de material, a menudo con unos criterios muy genéricos como “la calidad artística”. Hay que cuestionar este concepto como lo hace Lucía Egaña en La cultura no es una autopista, los museos podrían ser jardines [autoeditado junto a Giuliana Racco, Barcelona, 2024]. La calidad artística es una herramienta conceptual vacía con pretensión neutral desde la que se legitiman ejercicios de poder y se excluyen las formas culturales que no coinciden con las occidentales más normativas. Egaña dice que para desmontar esta falacia habría que revisar “los referentes que […] estructuran nuestra visión y percepción de lo artístico y de lo bello (así como de nuestro deseo), eliminan las raíces y las genealogías, y perpetúan jerarquías que se presentan en binomios simplificados bajo la rúbrica <<salvaje-civilizado>>” [pág. 37]. Esto me hace pensar cómo los criterios de selección de muchas convocatorias actuales definen exactamente aquello contra lo que lucha gran parte de las prácticas artísticas contemporáneas: las jerarquías que sitúan unas formas de conocimiento por encima de otras o la pretensión de neutralidad del paradigma moderno-colonial. Conceptos como la excelencia, el rigor y la calidad artística deben ser problematizados para entender qué se queda fuera, qué no se entiende bajo ese prisma, qué no se puede leer bajo esa luz cegadora.
Las convocatorias llevan décadas presentándose como la panacea de la democratización del sistema del arte. Y ese es el problema, que está totalmente obsoleto. Si era la panacea de la democratización en los noventa es imposible que lo siga siendo ahora. Los contextos artístico y social son muy distintos y, sin embargo, los sesgos y los métodos de entonces se mantienen prácticamente intactos. La prueba más clara es que a nivel clasista y racista son aun muy excluyentes, privilegiando a los de siempre. Cierta apertura sí, pero no suficiente y si el modelo va a seguir oliendo a esa sala de profesores que describe Mréjen en las pruebas de acceso a la facultad está claro que el panorama no va a cambiar. Esa sala de profesores jurásicos está fosilizada en las resoluciones por las que se convocan las ayudas, los premios, las residencias, hasta los programas de formación. Todas arrastran una barbaridad de sesgos desde entonces y más allá. Solo el lenguaje inaccesible, los formatos de presentación y los requisitos administrativos son una aberración, lo peor del pleistoceno y la postmodernidad, remezclado en el infierno de la burocracia.
Finalmente la revista con quien tenía pensado publicar este texto decide no hacerlo, pero sigo escribiendo. Ahora estoy leyendo Solo quería bailar de Greta García. Pili está en la cárcel. La han metido ahí por atentar contra una institución publica. Es un spoiler en toda regla esto, pero no pasa na, que diría ella, porque ese libro es gloria bendita, da igual que conozcas ya la trama, lo importante es meterte en esa cabecita pensona como si fueras telépata. Pili quemó la Agencia que es desde donde se gestionan las becas de la Junta de Andalucía. La quemó porque ya no aguantaba más. Se había pasado días en la yincana burocrática de la convocatoria para conseguir una de las Ayudas a la Creación Extraordinaria. Que si la clave pin, que si el certificado electrónico, que si entonces envíalo por correo certificado, pero si estoy aquí, en esta ventanilla del registro, cómo puede ser que no me registréis todo este papeleo, con lo que me ha costado de arrejuntar. Escribiendo proyectos para convocatorias yo también he querido muchas veces quemarlo todo. Es desolador. No hay nada más desmotivador que redactar una carta de motivación. Proyectando en formato word se te van las ganas de vivir. Le quita toda la gracia al trabajo artístico.
En conversación telepática con Pili sigo hablando del sistema actual de convocatorias. Pili está enfadada. Se nota en cómo escribe y me doy cuenta de que yo también lo estoy, que se nota en cómo escribo esto. Al apoyarme en novelas para escribir artículos siento que algo de su estilo se me pega. El de Greta García se me pegó por adelantado, pero es que hace rato que quería ponerme con esa novela, la debía venir invocando, y estaba claro que se me iba a aparecer en el momento justo. Pili es bailarina, yo me dedico al comisariado y la educación en arte contemporáneo, pero las dos sufrimos el mismo calvario. Ya he explicado que las convocatorias han sido fundamentales en mi trayectoria profesional. Una vez descartadas las prácticas en galerías y otras vías similares que –gracias a las diosas– entendí que no estaban trazadas para gente como yo, desde mis primeros años en este mundillo las convocatorias aparecieron como una alternativa clara. He tenido suerte y se me da bien escribir dosieres, aunque no haya estudiado arquitectura –porque todas sabemos que cualquiera con formación en esta disciplina tiene varios puntos asegurados por los varemos de valoración estándar a la hora de presentar un dosier, aunque luego sea todo humo. Además, pronto desarrollé las aptitudes necesarias para pasar por el aro: 1. escribir de manera concisa y clara empatizando con la lectura eterna a la que se enfrentará el jurado; 2. no utilizar condicionales –tú el proyecto lo vas a hacer te den esta beca o no, eso lo tienes claro, aunque sea mentira porque si no consigues la financiación, el lugar o el equipo obviamente esto se queda en la carpeta de proyectos nunca realizados, pero ahora que no se note–; 3. demostrar que tengo clarísimo lo que voy a hacer y que por supuesto sé cómo hacerlo aunque todo sean dudas enriquecedoras aun; 4. defender que por una enumeración larguísima de razones soy la persona indicada para ello, y darle brillo, mucho brillo, bien de pompa, a todo. Desde todo este conocimiento y experiencias escribo esto. A través del sistema de convocatorias he podido desarrollar una carrera en un sector en el que no tenía ningún contacto, pero también he visto mucha frustración y exclusión y he entendido perfectamente el engranaje vacío que sustenta este sistema jerárquico de valoración. Yo valoro los espacios de posibilidad que en teoría generan las convocatorias pero sé que deberían ser mejores. Cuando jóvenes artistas te dicen que no hay nada que hacer, que los premios están dados, no puedes negárselo, porque seguramente no es cómo imaginan, con nombres y apellidos, pero sí están dados a un perfil muy concreto y ¿cómo les animas entonces a que se metan en esa máquina de despedazar? Cuando una profesional súper reconocida te pregunta si le pueden hacer devolver una beca por una frase bien agresiva de las bases, le dices: no, mujer, no he oído de nadie a quien le hayan hecho devolver nunca la beca por no hacer exactamente lo que puso en el dosier de solicitud, pero a la vez entiendes cómo opera el terror de clase para excluir a tantas. Pili es una terrorista por quemar la Agencia, pero esto también es violencia.
Cuando Pili decide que va a acabar con la Agencia lo anuncia en Facebook y ante la buena acogida del comentario convoca a una hora para que se una la que quiera. No aparece nadie y ella, claro, se siente traicionada. Y es que no solo no va la peña es que además luego se dedican a hacer declaraciones en apoyo al organismo.
“Ojalá les entre el escorbuto a to esas personas que han perdío horas de su vida criticando la institución pública, que han pasao noches sin dormir, que han perdío pelo, que han perdío las ganas de bailar y ahora me señalan a mí como una psicópata, como una sádica, ¿en serio? ¿No sois vosotros los dementes que seguís soportando to esta farsa?”
Ahí me veo yo. Harta. Diciéndome cada año que no aplico a nada más, que ya vale, que no hay que contribuir a este sistema perverso, pero luego me encuentro descifrando las bases de una nueva ayuda que se acaba de convocar, descargando los anexos y recopilando certificados, otra vez ¿Por qué no hacemos esto? ¿Por qué nos quedamos ahí? Con estas preguntas me pongo a leer a Alicia Valdés [Políticas del malestar, Penguin Random House, Barcelona, 2024] que habla de la idea de optimismo cruel para identificar cómo en el marco laboral capitalista lo que deseamos es precisamente lo que impide que lo consigamos. A base de repetir un modelo, se inocula el deseo de una buena vida definida en términos de éxito empresarial, un tipo hecho a sí mismo, rollo magnate que empieza con una startup en el garaje, obviando en el relato todos los privilegios necesarios para que eso se convierta en un imperio comercial. Estás intentando entonces seguir un camino que no está trazado para ti. Vamos, una trampa. Parece que lo vas a poder conseguir, como todas, como las que salen victoriosas cada año, pero qué va reina. Para no desviarme mucho y entender cómo opera esto del optimismo cruel en el sistema de convocatorias voy a reescribir una parte de su texto: primero se insiste en que no existen límites para nuestro éxito, somos nosotras mismas quienes nos limitamos al distraernos en metodologías poco efectivas o no esforzarnos lo suficiente, y después se eliminan determinados elementos fundamentales de la vida, como las relaciones de amistad y las colaboraciones no basadas en el extractivismo, tildándolos de distracciones. […] Todo esto ejerce un gran poder en la desactivación del pensamiento crítico y la politización del descontento, ya que, junto a la narrativa del artista hecho a sí mismo, se expande la noción de que, si no lo conseguimos, es por culpa nuestra (por ejemplo, por perder el tiempo con cualquier cosa que tenga que ver con la vida) y no por otros elementos (como haber nacido en un barrio de clase obrera o no contar con una herencia familiar para sostenerte mientras trabajas gratis para conseguir trabajo) [pág. 89]. Y sigue Valdés –que esto no hace falta reescribirlo porque funciona tal cual–:
“La incapacidad de pensar alternativas radica en que no las deseamos, porque lo que seguimos anhelando es esa promesa ambiciosa y ficticia de felicidad y abundancia, aunque la consecución de ese deseo (imposible de colmar) suponga un camino asfaltado de dolor, angustia y tristeza.” [pág. 92]
Vamos, que no hay manera de que dejemos de aspirar a que el gancho nos agarre del pescuezo. Ojalá emanciparnos de ese deseo de éxito y ojalá estructuras culturales que jueguen con un deseo menos optimistamente cruel y más comunitario.
Además de por sus dinámicas de selección, el sistema de convocatorias impregna la práctica artística de otras lógicas poco sanas. Con el tiempo –y el desgaste– me he dado cuenta de cómo afecta a mi forma de trabajar, incluso a mi forma de imaginar. La lógica del proyecto marca unos ritmos y estructuras en el trabajo artístico que poco tienen que ver con la investigación empírica y la experimentación y mucho con el productivismo y la normatividad. Cuando imparto clases o clínicas de proyectos insisto mucho en que un dossier no es obra –a no ser que te interese que lo sea, desde la crítica institucional, el diseño gráfico o yo que sé. Salvo excepciones, no es obra, es un trámite, una herramienta y sería ideal olvidarla en el momento exacto de ponerse a trabajar. Pero es muy difícil. Ya has pasado por ahí. Ya has escrito un montón de cosas para encajar en el marco de trabajo que plantean y seducir al jurado. Ya has redactado una carta larguísima de desmotivación. Yo estoy muy a favor del trabajo contextual, pero es que es imposible trabajar de manera específica en un contexto conociéndolo en la distancia, a través de una web, de su statement, proyectando cómo puede ser ese lugar a partir de otras experiencias, de tus deseos y de algún consejo que las almas caritativas que siguen resistiendo en este sistema del arte competitivo te hayan ofrecido. El sistema de convocatorias actual está muy alejado de poder generar prácticas contextuales con sentido, ya que parten de una distancia, de un no diálogo, de una jerarquía muy marcada. Finalmente, lo que ocurre es que el sistema de convocatorias nos arrastra también a una forma de hacer que tiene que ver más con el propio sistema que con las lógicas orgánicas de la creación.
En la perversidad de este sistema ocurre también que las convocatorias copan muchas veces el trabajo de programar. Está muy bien recibir propuestas y abrirse a lo desconocido, pero también es a los centros o museos a quienes corresponde el esfuerzo de conocer los contextos artísticos en los que se enmarcan. Pensar que la institución es un espacio vacío que se llena de contenido de manera horizontal por abrir una convocatoria es extremadamente jerárquico –y una mentira. Sitúa a la institución en un plano de superioridad frente a las propuestas que recibe al validarlas o no. Esta dinámica se reproduce además en el comisariado y en espacios alternativos. Comisariar por convocatoria me parece mal. Ganar una convocatoria al uso para hacer una convocatoria al uso me parece mal. Que los espacios independientes calquen las estructuras y sesgos de las convocatorias oficiales me parece mal. Programar por convocatoria no es programar, es abrir una convocatoria. El esfuerzo no puede ponerse siempre sobre las trabajadoras autónomas. Conocer qué está pasando es función de las instituciones. Alguna vez he escuchado decir a Blanca Sotos, de Marcablanca –maravillosa biblioteca comunitaria que tenemos la inmensa suerte de tener en Madrid–, que ella no comisaría, que ella curra con amigos o gente que ya le gusta. Que no hace convocatorias porque ya conoce mucha gente con la que quiere trabajar. En la relación que su biblioteca comunitaria genera con el contexto cultural en el que se ubica doy fe de que ese grupo de gente es cada vez más abierto. Además de una colección increíble y variadísima de publicaciones, Blanca tiene una sinceridad abrumadora y una capacidad fascinante para imaginar la anti-institución –lo voy a llamar así, por qué no. Con esa forma de currar, su programación de golpe se hace mucho más diversa que la de los centros de arte que apuestan por la panacea noventera de la democratización: las convocatorias. Y por qué, pues porque está asentada en un contexto, no aplica lógicas propias de otros sin revisarlas, tiene escucha y está conectada con las vidas que la rodean. Echo en falta más diversidad en los procesos de selección, si es que no acabamos con ellos antes. Hay experiencias y las agradezco, pero creo que para lo que llevamos son pocas. Este texto se va a publicar finalmente en el marco del décimo aniversario de Confluencias, que lleva actualmente Carmen Quijano en Santander, un programa de residencias y mucho más que lidia también con este sistema y sin embargo consigue abrir relaciones profundas y cariñosas.
Este texto no pretende ser una análisis en profundidad del sistema de convocatorias actual, no es un estudio comparativo ni nada por el estilo. Es un sentir, un hartazgo, un desahogo, unas palabras fruto de la frustración de vernos a tantas nadando en estas estructuras en ruinas, todas muertas, esqueleto puro. No traigo muchas soluciones, eso se tiene que trabajar de forma colectiva o con financiación que permita investigar la situación a fondo y experimentar con alternativas, pero sí traigo unos cuantos malestares que estoy segura generan ecos en otras y ojalá remuevan privilegios. Un análisis súper certero con propuestas reformistas muy claras es la Guia per a unes Convocatòries Cuidades de la PAAC [https://www.paac.cat/i/convocatories-cuidades/]. Yo realmente considero que las convocatorias no hay que revisarlas, hay que quemarlas, como hace Pili, y construir de nuevo. Abogo por echarlas abajo y organizar nuevos procesos de diálogo entre las instituciones y los contextos artísticos a los que pertenecen, y ojalá poder imaginar esos procesos lejos de la idea de selección. Ojalá poder imaginar procesos que apoyen el contexto, no solo a unos pocos. Procesos que acaben con la lógica de la escasez. Ojalá más diversidad porque no hay una forma de hacer única y válida –suena absurdo que todas las instituciones, siendo tan distintas tengan los mismos sistemas de selección ¿no? Ya te digo que no vengo a dar soluciones. Solo vengo a marcar algunos problemas de la estandarización de los procesos de selección, a compartir los malestares que genera y señalar cómo modula las formas de hacer artísticas desde una distancia enorme con la vida.
