CONFLUENCIAS Y DIVERGENCIAS. Dalia de la Rosa
Dalia de la Rosa. Comisaria
A partir de una cartografía viva y acumulativa, a modo de expedición simbólica, un territorio puede ser descrito como un lugar de vivencia que se proyecta sobre sí mismo y sobre su ciudadanía. Esta acumulación de mapas de distinta índole conforma una montaña en la que conviven múltiples formas de ser, de hacer y de producir. La combinación de todos estos gestos y las concesiones que se dan entre todos ellos para que todos puedan ser, es lo que define un ecosistema cultural. Así, la cultura es un reflejo de la vida, de las maneras de relación de las personas, forma parte del sustrato de relación, aunque no lo veamos o no lo sintamos de una manera concreta. Sin ese espacio físico y simbólico que ocupa de forma local lo cultural, una sociedad no es; es decir, no está plena. La intersección entre todas esas capas genera una geodesia movediza, viva, caliente. Dispuesta a generar de forma constante unos sustratos de relación, de confluencia y de divergencia.
Quizá sea el momento de sentarnos a pensar en cómo las relaciones que se dan a nuestro alrededor son posibles gracias a micro actos de bondad y gestos desinteresados. Quizá sea momento de sentarnos a discutir por qué debemos defender una forma de relación cuyo epicentro es necesariamente el sostenimiento de la vida simbólica y física. Quizá sea el momento, de una vez por todas, de volver a pensar que sin el encuentro y la recepción de nada sirve comunicarnos.
Estos «quizá» nos inclinan directamente a pensar en las acciones de autogestión e independientes que parten de una necesidad de autonomía. En este sentido, las prácticas independientes en el ámbito cultural son inherentes a cualquier ecosistema donde confluyen distintos agentes artísticos. Es decir, es natural relacionarse y poner en común lenguajes y unirse en busca de alcanzar una protección colectiva frente a algo. Ese “algo” no siempre es el mismo sujeto institucional u objeto cultural, sino una motivación por afianzar y crecer de forma colectiva. Estas ganas de formar parte de algo no se tratan aquí como una eclosión de formas underground de trabajo cultural, ya que de esas cuestiones existe una amplia tradición en el territorio estatal en distintos periodos de la historia relacionados con crisis, emergencias, contestaciones a las instituciones. Se trata, específicamente de nombrar más bien lo primario, aquello que es capaz de generar imputs y pulsiones, que son capaces de organizar durante un tiempo a buena parte de un ecosistema cultural. Desde este lugar que acepta la divergencia se producen una serie de confluencias que, aunque, son gestos leves de puesta en relación y en valor a la comunidad, perdurarán en el tiempo y en la memoria.
A veces el tiempo y la memoria borran o engrandecen los acontecimientos[1]; así comienza la memoria de la influyente publicación, a cargo de Nekane Aramburu y Eva Gil de Prado, Encuentros de Arte Actual, Red Arte y Colectivos Independientes en el Estado Español, una publicación del año 1998 que funciona como una génesis de unas metodologías de trabajo que tenían como núcleo creativo el encuentro de iniciativas innovadoras que se reunieron entre los años 94 y 96 en unos encuentros que ponían en común sus enfoques, acciones y remarcaban la importancia de la generación de una red de iniciativas como motor de creación cultural.
Así, el tiempo transcurrido en estos diez años de Programa Confluencias ha ido generando una memoria inmaterial basada en las relaciones que se han desarrollado entre artistas, comisarios/as, agentes culturales o representantes de entidades públicas e iniciativas privadas, generando una trama de relaciones cuya repercusión está todavía por valorar.
En este sentido, se toma la idea de hacer memoria con el inicio de los Cuadernos Confluencias, una serie de publicaciones que, con textos en torno al arte, la cultura y la creación contemporánea en Santander, cuyo primer volumen acogerá textos de agentes e intervenciones de artistas que han formado parte del Programa Confluencias a lo largo de estos diez años. El nombre de la colección ya apunta la necesidad de generar un libro que se abre hacia un horizonte de nuevos encuentros y de nuevos “cuadernos”.
La necesidad de documentar la genealogía de lo que ha ido ocurriendo a lo largo de este tiempo parte de recoger y celebrar una propuesta que ha dado espacio y ha conformado un lugar simbólico donde distintas generaciones de artistas, agentes y personas vinculadas a la cultura de la ciudad de Santander podían reunirse. Más allá de su descripción funcional —residencias, encuentros profesionales, visitas a espacios—, lo que realmente está en juego en Confluencias es la posibilidad de producir ciudad, de intervenir en la forma en que un territorio se vive y se imagina. No se trata solo de “programar cultura”, sino de activar un dispositivo capaz de poner en relación un tejido local con agentes que llegan desde otros contextos, y de convertir ese roce en algo más que una suma de actividades: en una transformación sutil pero persistente, del espacio urbano como espacio vivido.
En términos lefebvrianos, podría decirse que Confluencias trabaja en la zona de fricción entre el «espacio concebido» y el «espacio vivido»[2]. Por un lado, existe una ciudad. Santander, ya pensada y diseñada: planes estratégicos, infraestructuras culturales, equipamientos, rutas oficiales. Es el nivel del mapa, de los programas que ordenan el territorio según una determinada lógica de uso. Pero sobre ese plano se superpone otro, más escurridizo: la experiencia cotidiana de quienes habitan la ciudad, los recorridos que no figuran en los folletos, las redes de afecto y de trabajo que se tejen en torno a espacios pequeños, estudios, locales compartidos, bares, oficinas mínimas. Confluencias interviene precisamente ahí, desbordando la ciudad diseñada por medio de una coreografía de encuentros, desplazamientos y conversaciones que la reescriben desde dentro.
El formato de residencia, en este contexto, no es solo una herramienta de profesionalización, sino una forma de producir lugar. Traer a la ciudad a agentes de otros territorios —comisarias, artistas, investigadoras, gestoras— implica diseñar recorridos, abrir puertas, compartir claves de lectura del contexto. Cada visita a un estudio, cada reunión con un equipo de una institución local, cada mesa de trabajo en la que se discuten metodologías o se comparten dudas, va añadiendo capas de sentido a los espacios que se transitan.
Confluencias no surge como un programa diseñado desde la burocracia cultural, sino desde el deseo y la intuición de un núcleo reducido de agentes que habitan la ciudad y la piensan desde dentro. Son esas estructuras pequeñas las que conciben el dispositivo, las que lo ponen en marcha, las que sostienen la continuidad de la mirada. Cuando las instituciones se suman —aportando recursos, estabilidad, reconocimiento—, no lo hacen para absorber el proyecto, sino para amplificarlo. La fuerza del programa reside precisamente en esa alianza: la iniciativa independiente marca el pulso y la escala, mientras que el apoyo institucional permite que el gesto no quede en anécdota, sino que se consolide como una práctica sostenida en el tiempo.
Quizá la importancia de Confluencias esté precisamente en esa dimensión menos cuantificable: en todo aquello que no cabe en una memoria de actividades. En la densidad nueva que adquieren ciertas relaciones, en la forma en que algunos espacios se empiezan a asociar mentalmente a determinados debates o a ciertos modos de hacer, en los proyectos que se esbozan al calor de una conversación y meses después cristalizan en otro lugar, otra ciudad, otro tiempo. Ese sedimento, hecho de vínculos y de imaginarios compartidos, es lo que permite hablar de una producción de espacio vivido.
Quizá ya ha ocurrido, está pasando, desde la confluencia y la divergencia se construye espacio, se articula afecto, se vive un lugar compuesto de capas y capas de confluencias.
[1] Aramburu, Nekane y Gil de Prado, Eva (eds.) (1997). Encuentros de Arte Actual, Red Arte y Colectivos Independientes en el Estado Español. Vitoria-Gasteiz: Trasforma, p.7
[2] Henri Lefebvre fue un filósofo y sociólogo francés que, en La producción del espacio (1974), formula la idea de que el espacio es un producto social. Distingue entre «espacio concebido» (el de los planificadores, técnicos y poderes institucionales) y «espacio vivido» (el de la experiencia cotidiana, los afectos y las prácticas simbólicas) para mostrar cómo ambos niveles se entrecruzan en la vida urbana.
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20/12/2025
